martes, 12 de enero de 2010

Claudia, sus muñecas




Tengo las muñecas finas. En la pubertad parece que todo mi cuerpo decidió multiplicarse por dos a excepción de mis muñecas.
Como nunca quise ser tenista profesional ni reponedora de supermercado, este detalle no me ha ocasionado demasiados problemas en la vida.
Sin embargo sí hay una sensación que aún no consigo dominar y que me paraliza por un instante. Un absurdo de pánico.
Sucede que a veces siento que las cosas se me escapan, que me puedo caer en cualquier momento y que un día no podré evitar que el resto de mi cuerpo se deslice al otro lado, a ese otro sitio que me persigue desde hace unos años.
Creo que mis muñecas son una zona de vacío en mi cuerpo y que tan solo unos débiles hilos conectan el brazo con el comienzo de  la mano. Si esos hilos se rompieran, se rompería con ellos el vínculo que me une a este mundo y ya no podría volver. Quizá por eso las cuide tanto. Pero todo ese cuidado no llegó hasta que empezó a seguirme ese otro sitio, o más bien hasta que yo me di cuenta de que me estaba siguiendo, porque quién sabe, quizá había estado ahí desde el principio…

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